Mala praxis no partidos

Publicado en Viernes 5 diciembre, 2014 | por Alberto Espinosa

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Mover a México sin partidos

Un primer paso para lograr el cambio añorado [no el de político en campaña] es debilitar o desaparecer o apropiarnos de los partidos políticos. ¿Existe un solo partido político en el que usted confíe? ¿Uno solo? Los partidos políticos lo corrompen todo: movimientos sociales, estructuras gubernamentales, sindicatos… Los partidos no tienen ideología, sólo avidez de poder. Lo reto, estimado lector, a explicarme la ideología del PRI o, mejor aún, la del PRD; o dígame, ¿conoce algún militante de un partido político que ocupe cargos públicos y le resulte confiable? Su querido tío no cuenta. ¿Cómo es, entonces, que sostenemos semejantes estructuras en las que nadie confiamos? Todos los partidos políticos, como se reveló más claramente que nunca en los meses pasados, están lejos de la ciudadanía e integrados por gente irresponsable, sin escrúpulos, que hace de los cargos públicos un negocio. Imagine usted lo que tiene que hacer una persona para escalar dentro de un partido; se tiene que sumergir en esa especie de inframundo para emerger, triunfante y comprometido hasta el cogote [ni que fueran héroes mitológicos para salir limpios], a ocupar los cargos de mayor [o menor] responsabilidad en el Estado mexicano.

Surgen y surgen nuevos partidos. Brotan como ratas, con nuevos colores pero las mismas caras y mismos discursos gastados. Siempre queriéndose disfrazar de ciudadanos: de no políticos. Tan mala fama tienen que deben desmarcarse de los otros partidos y decir que ellos NO son como los otros. Se definen por lo que no son, aunque al final terminan siempre siendo eso que aseguran no ser. Si los partidos se definen por lo que no son, ¿qué queda? ¿qué son? Creo que ya nadie lo sabe a estas alturas, posiblemente ni ellos mismos. En teoría existen como intermediarios entre el Estado y los ciudadanos, así como medios para que los ciudadanos accedan a los cargos públicos. No pasa ni lo uno ni lo otro. Lo primero porque los partidos nunca responden a los intereses de sus electores si no a los de sus propias cúpulas que trabajan para pelearse, entre ellas, el poder. Lo segundo porque en nuestro imaginario, en cuanto una persona acepta abanderarse con un partido político deja de ser como nosotros, los ciudadanos. Hay ya una brecha muy amplia y muy claro entre ellos (los partidos) y nosotros (los ciudadanos). Se supone también que los partidos combinan los intereses de amplios sectores de la ciudadanía. Tampoco ese el caso, más bien defienden los intereses de grupos muy reducidos. Los partidos pequeños suelen ser satélites de los grandes. O negocios familiares. Jalan dinero del erario, saturan nuestras calles y cualquier espacio de comunicación con propaganda sosa y de mal gusto. ¡Nos llaman a nuestros teléfonos particulares! Prometen muchas cosas para olvidarse de sus electores al momento de ocupar los cargos públicos. Habría también que preguntarse el origen de su disfuncionalidad. El asunto amerita un análisis profundo, me atrevo, no obstante, a lanzar como hipótesis que sean sus estructuras verticales, su falta de cultura política, su falta de dinámicas para la toma colectiva de decisiones, su antigüedad y anquilosamiento, su excesivo burocratismo, en fin. Lo que está claro es que tenemos que encontrar nuevas estructuras para la toma de decisiones, estructuras completamente alejadas de esos vicios.

Me parece que tenemos[1] que transformar el hartazgo que hemos llevado a las calles en exigencias concretas. Estamos marchando mucho, nos estamos organizando poco. Podríamos, por ejemplo, exigir listas abiertas. Intervenir sobre a quién seleccionan los partidos como candidatos. Colocar a ciudadanos honrados a investigar a fondo a cada candidato propuesto y revocar las candidaturas de personajes no confiables. O ir más allá: reducir el presupuesto de los partidos políticos; hacer reformas para que el dinero que va a estos se destine a proyectos políticos ciudadanos; ahogar presupuestalmente a los partidos [como ellos ahogan presupuestalmente a las normales rurales del país]; fiscalizar a fondo, desde un órgano independiente, pero de a de veras; prohibir que reciban dinero de privados, y lograr una democracia de absoluta austeridad. Los cargos públicos se deben ganar con propuestas y argumentos, no a billetazos. El problema es que el presupuesto destinado al INE, que a su vez asigna el presupuesto a los partidos políticos, se aprueba en el Congreso. El Congreso está compuesto en su totalidad por miembros de partidos políticos que llegaron gracias a su partido y que defienden los intereses del mismo. Los consejeros del INE los elige también la cámara diputados. ¿Así cómo?

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Así nos dejan las calles en tiempos electorales.

No nos podemos seguir engañando: al Estado mexicano ya lo derrumbaron. Sus instituciones fueron incapaces de resistir a los parásitos que le succionaron la última gota de legitimidad. Estos parásitos son, lo sabemos: los corruptos, los empresarios avariciosos, los políticos avariciosos que se alían con los empresarios avariciosos, el crimen organizado, los traficantes de personas, armas, drogas; las trasnacionales, los politiquillos de izquierda de centro y de derecha, los burócratas acomodados, los líderes sindicales, en fin. Sobre las instituciones del Estado mexicano se posaron las moscas más abyectas; el medio para ello: los partidos políticos. No nos queda más que intervenir sobre las decisiones que se toman en el Congreso. Hacer que las expresiones de la ciudadanía lleguen al Congreso y se discutan, entre ciudadanos y legisladores, en igualdad de condiciones, no como si nos estuvieran haciendo el favor de escuchar. Es su obligación la de escuchar y la nuestra pasar de hacer peticiones a verdaderas exigencias. O directamente, a la toma de decisiones. No queda otra opción cuando todas las instituciones gubernamentales, de impartición de justicia, los supuestos órganos autónomos y el Congreso [que acaba de abrir las puertas a legislar en contra de la marchas] le dieron la espalda a la ciudadanía.

Los ciudadanos también somos responsables por haber permitido esto. Nos toca actuar en consecuencia. Sólo la sociedad civil, la que ejerce su condición de ciudadana lejos de los partidos políticos, puede sanar ese Estado moribundo. Abramos espacios en el sistema político para quienes no militan en ningún partido, que somos casi todos. Tomemos las instituciones del Estado, si hace falta [y creo que sí]. Eliminemos las que no sirven, arreglemos las que sirven. Para sanarlo no queda sino reconstruirlo [o sepultarlo, según lo decidamos] con nuevas y sanas instituciones, operadas por ciudadanos; gente decente y de bien, sin filiación partidista. Tener, por ejemplo, un instituto electoral verdaderamente autónomo y ciudadano, absolutamente independiente a los partidos y al Congreso. Esto en caso de que optemos por seguir con un sistema electoral, todo debería estar a discusión en este momento. Dejemos de tener miedo a los cambios de fondo.

Marcha 20 de nov

Ciudadanos manifiestan su hartazgo quemando un muñeco que simula a Peña Nieto.

Si lo que queremos es tomar las estructuras del Estado, se podría por medio de una verdadera insurgencia ciudadana; no dejar las calles, no movernos del Zócalo, de las puertas de los Pinos, de cada edificio gubernamental, hasta que se vayan. Lo mismo podría replicarse a nivel estatal y municipal. Si no confiamos en quien ostenta el poder, nos tenemos que parar frente a los edificios públicos, todos juntos [para evitar el apañe], hasta que se vayan. Nadie resistiría cientos de miles, millones en las ciudades grandes, exigiendo su abdicación. Enviando señales al exterior de que este gobierno ya no tiene nuestro respaldo. Valdría la pena, quizá, parar por uno, dos, tres días, una semana; en nuestro trabajo, nuestros estudios, nuestras compras, con el fin de lograr ahora sí, sacar a los parásitos y empezar a construir el país que queremos habitar.

No comparto el fetiche pacifista que condena cualquier acto vehemente en una marcha. Tampoco creo que no haya gente lo suficientemente enojada como para romper vidrios e incendiar puertas. Pero la violencia que aparece al final de cada marcha, parece provocada, ridícula, pueril; parece ser el último coletazo de un monstruo moribundo [quizá esté siendo demasiado optimista], pero el cual si no acabamos de matar puede recuperar fuerzas. No podemos dejarnos amedrentar por unos cuantos cohetones, no podemos correr más de los granaderos, de esos granaderos que deberían estar de nuestro lado. Ni un paso atrás, se dice por ahí. El problema es, ¿cómo vamos a construir ese nuevo país? Esa es, en realidad, la parte más complicada, la que tendríamos que estar discutiendo ya.

El Estado no ofrece solución alguna a los problemas que más nos preocupan: la inseguridad del país, la violencia policial, del narco, del Estado y del Narcoestado. El sentido de un Estado es ofrecer seguridad a los que aceptan, a cambio, someterse a sus arbitrios. No estamos luchando por pensiones para le vejez, no estamos luchando por acceso a la educación, ¡estamos luchando porque no nos maten! Cuando quien mata ciudadanos es la policía o el ejército, nos están matando con las mismas armas que nosotros les compramos y conferimos el derecho de portar. Ante esto, el presidente propone como solución mandos únicos policiales [cosa que ya había propuesto la administración de Felipe Calderón y que fue rechazada, entre otros, por el PRI de oposición], como si el problema fuera exclusivo del ámbito municipal. No, señor, el Estado está podrido desde sus raíces hasta la copa. Los mandos únicos policiales, a nivel estatal, nos ponen a temblar [bueno no, porque ya no tenemos miedo] a los que sabemos que los estados son manejados por caciques, cada vez más poderosos. No puedo imaginar el resultado de darle el poder sobre toda la policía poblana a un troglodita como Rafael Moreno Valle. O sí, que es lo peor, porque ya hemos visto de qué son capaces.

Policía golpeando manifestantes.

Peña utiliza un discurso que funciona a los demócratas-tiranos. El mismo que utilizó Salinas para referirse al levantamiento zapatista: el ellos vs nosotros. El ataque a los normalistas fue un ataque a México, dijo Peña. México debe librarse de esas fuerzas oscuras [los anarquistas] que lo buscan desestabilizar, pareció decir a lo largo de la semana. El discurso vino acompañado de un nuevo elemento en el discurso inculpador de los detenidos del 20 de noviembre: terrorismo, concepto tremendamente útil para los gobiernos contemporáneos. No podemos permitir que Peña hable de México, hasta que nos lo devuelva. Mientras tanto, México se resume en un poder coludido; no ya coludido, mezclado y revolcado al punto de ser la misma cosa con el crimen organizado, el cual amedrenta a una sociedad que ya no sabe a quién recurrir. Ese poder mató a los normalistas, ese poder ha estado matando personas por años. La mejor forma de combatir ese poder es organizarnos y tomar las estructuras del Estado, sin partidos políticos. ¿Le parece temerario? Yo diría que es más osado quedarnos como estamos.

Pedir la renuncia de Peña Nieto es perfectamente legítimo, pues la población en general no está satisfecha con su gobierno [las encuestas realizadas por varios medios en el inicio de su tercer año lo demuestran] y ocupa un cargo que ganó usando las consabidas mañas priístas. Pero no podemos centrarnos en ello solamente. Se tienen que ir todos, no sólo Peña. Tenemos que sacudirnos la herencia priísta del presidencialismo y reconocer que el Estado está integrado por distintos órganos y distintos funcionarios y que prácticamente ninguno está haciendo su trabajo,o con honestidad, ni lo está haciendo por el bien de los ciudadanos. Un partido político no es un equipo de futbol como para andar apoyando sin condiciones. Olvidémonos de los partidos, seamos ahora los ciudadanos, de manera independiente, quienes discutamos y tomemos las decisiones de este país. Organicemos asambleas (de todo tipo), aprendamos a hacer asambleas dinámicas. Eso sí sería mover a México.

 


[1] Hablaré a lo largo de este texto de un nosotros formado por gente como usted y como yo, que nos preocupa el país y queremos habitar uno mejor y estaríamos dispuestos a discutir un nuevo proyecto de nación más justo, incluyente, equitativo y de paz. Comprendo que definir ese “nosotros” requeriría una larga discusión.

 
 

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Acerca del Autor

Escribo sobre lo que me enoja, que son muchas cosas.



11 Comentarios en Mover a México sin partidos

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