Opinión MONA_Melisa

Publicado en Martes 25 noviembre, 2014 | por Francisco de la Rosa

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Destitulado o los nadie

La bolsa de plástico se sujeta con ambas manos, una por debajo para soportar y remover el peso de la materia que contiene, y la otra para hacer una especie de embudo alrededor de la boca, presionando un poco para que la inhalación sólo extraiga el aire en su interior; entonces la bolsa se contrae hasta deformarse. La exhalación le devuelve la forma original: es una especie de capacidad resiliente la que se logra. Tras repetir la inhalación y la exhalación varias veces, uno contempla al tiempo acercase como lo haría un viejo cansado y con una de sus piernas más corta que la otra, las comisuras de los labios se sienten húmedas y, con ellas, casi todo el perímetro de la boca. Al intentar retirar un poco las fauces, uno se percata, no mucho, pero sí como un tenue aviso, de que buena parte de los labios ya se encuentra, literalmente, adherida a la bolsa de plástico. No es difícil imaginar la voz aguardentosa de Rodrigo González de fondo, así, como si proviniera de una alcantarilla. Al cabo de varios minutos transcurridos, todo lo que uno pudiera saber de sí se esfuma. El espacio pierde sus medidas habituales. La distancia se desembaraza de toda proporción, como si se sublevara ante cualquier sistema métrico con pretensiones de dar cuenta de ella, y las voces, casi lo mismo que los rostros, se opacan hasta tornarse difusos; entonces resulta difícil saber con quién se está hablando o si la presunta persona con la cual se dialoga es, como se dice, real. Cuando uno recupera algo de conciencia, lo primero que percibe es gran parte de la boca embadurnada de chemo y si pudiera contemplar la imagen que le devuelve el espejo, vería esa sustancia plástica color amarillo huevo flanqueando los labios y parte de la nariz, como si uno llevara telarañas, mucho más cuando se es primerizo, pues el pegamento puede llegar hasta el cabello y, hacia abajo, casi hasta la garganta. ¡Y entonces!, ¡por qué uno querría hacer algo tan horrible como drogarse con pegamento cinco mil?

Silencio […]

No hace mucho, digamos hace seis o siete meses, tal vez sea mejor decir que hace seis para anclar el tiempo a alguna especie de precisión, quizá fuera sábado o domingo; pensándolo bien era domingo porque los sábados mis papás venden pozole casi todo el día y prefieren no recibir visitas. Así que un domingo de hace seis meses, mientras mis padres me acercaban a la estación del Metro Puebla, después de visitarlos, mi papá conversó conmigo; una charla más o menos normal, ya saben, de esas de ¿cómo te va con la casa?, ¿y qué tal las deudas?, ¿y el trabajo?, ¿y vas a seguir solo por mucho tiempo?, ¿y pensar que eras drogadicto? “Drogadicto” —“drogadicto”, [sí, dijo “drogadicto” (va de nuez), “sí, dijo “drogadicto””]—.

Así me fue arrojada la información que creí oculta y bien resguardada, así, como se dice ¿no?, a boca de jarro; más de veinte años después y sin el menor drama, sin un sólo reclamo ni una sola expresión de desconsuelo o regaño, el padre confesando que lo sabía todo, la mirada de la madre confirmando la confesión y el hijo recibiendo una dosis fría de palabras que tampoco es que deseara cálidas, pero quizá sí dotadas de una sustancia parecida a la cautela, como esas confesiones o preguntas que sueltas con cuidadito, como si rozaras, con algunos de los dedos del pie, el agua de una piscina para degustar su temperatura antes de recibir el golpe agudo de un clavado, algo similar a cuando uno se inyecta heroína por primera vez, pues lo hace con una lentitud y cuidado excesivos, como si la aguja fuera a portarse más amable con la carne a la hora de abrirse paso hasta alcanzar la arteria en la cual verterá el líquido que provocará la sensación del cuerpo suspendido varios centímetros por encima de cualquier pesar y de cualquier suelo. Pero no, mi padre me lanzó la confesión así, desprovista de cualquier atuendo cauteloso, como se dice ¿no?, al chingadazo.

Silencio […]

¿Qué debe ocurrir en una familia para que los padres se conviertan en cómplices silenciosos del consumo adictivo de uno de sus hijos? ¿Qué clases de monstruos no encerrarían a su crío en un Anexo tras descubrirlo consumidor de drogas? A distancia, puedo adivinar la dicha o el descanso que significó para mis padres saberme drogadic/ ya sé-ya sé, ninguna madre sería tan cruel como para sentir dicha o descanso por algo como eso; ningún padre sería tan inhumano como para permitir que alguno de sus hijos echara a perder su vida de esa manera. Usted y yo podemos recitar, casi de memoria, aquella manoseada letanía entonada por la gente de entrañas insípidas: quienes usan drogas provienen de familias disfuncionales, de ambientes sumamente violentos, son personas con escasas herramientas para enfrentar la vida y… Dejemos esa palabrería y miremos hacia una dirección poco explorada; ahí, sí, en dirección a las cicatrices del compa que se sube completamente moneado al Metro para echarse unos clavados no a una piscina, sino a un bonito océano de vidrios y sangre; ahí, en dirección al mugroso que afea y contamina las escalinatas de la estación Tal del Metro con sus harapos podridos y con el hedor a perro húmedo y thinner mientras se resguarda un poco de la lluvia; ahí, donde es imposible contar las bajas, pues sería imposible no sólo sumar, sino identificar a todos aquellos que han apilado como se apila la carne muerta en un rastro, para, posteriormente, ser arrojados a una hoguera o a una fosa donde se pudrirán o arderán lo mismo junto a perros, que a palomas o ratas.

MONA_MelisaDecía [pero esta vez evitando aquella manoseada letanía] que debió ser reconfortante para mis padres saberme drogadicto, pero no sólo por ser drogadicto y ya, sino debido al consumo no de algo clamoroso y culto como heroína, coca, cristal, piedra, tachas, aceites… ¡Qué va!, ni siquiera de alguna sustancia destinada a una epifanía, como maconha, hongos, híkuri, floripondio… sino con solventes. ¿Cuándo se enteraron? No sé. ¿Por qué guardaron silencio por tanto tiempo? Porque no había motivo de alarma. Mi madre no era la doña de alcurnia o clasemediera que, tras descubrir un gallo o una grapa en los bolsillos del pantalón de uno de sus críos, debía dramatizar el hallazgo hasta hacerlo saber a su esposo y a las personas más queridas y a las más duchas en el tema. Yo tampoco era un adolescente con un futuro prometedor ni con inteligencia o atributos sobresalientes: era nadie. En el contexto de mis padres debió ser como quitarse una lápida de encima, como deshacerse del tonelaje que acompaña a toda expectativa. Quizá significó descanso: vacaciones del trabajo extenuante de alimentar los sueños, los anhelos y la boca de un hijo cuando se tienen otros cinco y cuando la plata no alcanza para el alimento ni los útiles de todos. Debió ser un respiro confortable no tener que preocuparse por cómo iban a pagar la universidad o cómo le iban a hacer para comprar ropa más o menos adecuada para las entrevistas de trabajo toda vez que, como se dice, primero dios, terminara “exitosamente” una licenciatura. Ya no había por qué invertir en falsos entusiasmos ni esperanzas paupérrimas: su hijo era un nadie destinado a una muerte neuronal tan documentada que bien podría adelantarse la sequía de su cerebro.

Nunca fui faquir, pero recuerdo cómo la gente evitaba observarme aunque estuviera a la vista: casa, árbol, perro, tienda, esquina, (nadie), avenida, semáforo… Algunas señoras, incluso, cubrían los ojos de sus criaturas para hacernos invisibles a mí y a mis amigos. Nadie, eso éramos para la mayoría. En el plural de la guerra contra las drogas no caben los solventes. A nadie le importa si el dueño de una ferretería o el empleado de una tlapalería vende una lata de activo o de chemo o medio litro de thinner a un mocoso con aspecto de un sucio roedor, porque, como ratas, nos resguardábamos en alcantarillas o en camiones o predios abandonados o en… ¡uy!, perdón, casi lo olvido (consecuencia de los solventes, quizá). Cerca del año dos mil el gobierno capitalino decidió desalojar a toda la bola de indeseables. ¿Sabe quién se enteró? Exacto. ¿Y sabe por qué? Efectivamente: porque a nadie le importó. Ya sé-ya sé, usted los ha visto por ahí, pero esos son de reciente adquisición. ¿Y los de los cruceros? Ni se diga, esos niños no son de la calle. A los otros, los indeseables ¿no?, los bombardearon con gases lacrimógenos en las alcantarillas para obligarlos a salir con todo y ratas y trasladarlos a, como se dice, la chingada, pero na’más a los bípedos porque a los roedores todavía las hospedamos sin sentir vergüenza.

¡Por qué uno querría hacer algo tan horrible como drogarse con pegamento cinco mil?, solté casi al inicio del texto, mencioné lo liberador que debió ser para mis padres saberme drogadicto y he solicitado que se mire en una dirección poco explorada, porque seguramente hay otra elección y es probable que, desde afuera, puedan citarse varias, como cuando uno está en medio de una relación tormentosa y todos los de afuera saben lo que debe hacerse y lo sugieren. Pero una relación tormentosa convoca, casi de manera natural, a catervas de mirones y opinantes. Un mugroso que infla y desinfla una hedionda bolsa de plástico, difícilmente atrae alguna mirada: todo lo contrario, la gente a su paso voltea el rostro con desagrado, extiende una moneda con la vista clavada al suelo para no ser testigo de una mirada desorbitada. Si la única mirada que se ha establecido como vínculo entre la alcantarilla y la sociedad civil es la académica, ¿cómo saber de lo cotidiano? es decir, ¿cómo saber si mantener la conciencia adormilada para no degustar el hambre con toda su crudeza es una estupidez o una alternativa inteligente? ¿Cuál sería el inconveniente de elegir un solvente para mantener el cuerpo anestesiado y evitar así el dolor de los golpes cotidianos? ¿Hay un verdadero problema si se decide derrumbar todo sentido de la vida y lanzarse sin reparo hacia la experiencia salvadora de un solvente? ¿El argumento de la indignación es válido porque se decidió arroparse en un solvente y amotinarse contra el éxito?

Usted quizá esté habituado a una realidad en la que, para alcanzar una meta, hay que luchar: no abandonar el objetivo y aferrarse a él como lo hacen las fauces de un pitbull al cuello de otro. De este lado la lucha consiste en renunciar a los andamios inalcanzables, en despojarse de ensoñaciones que sólo pueden materializarse donde hay alimento y ropa limpia. Quizá más de uno se encrespe, pero decides el solvente porque la sinapsis  y la plata no alcanzan para más, porque sale más barato que comer o leer o cultivarse, mucho más económico que tener sueños y expectativas y metas… Se vislumbra como una ruta más amable la de desprenderse de objetivos espurios para toda la juventud, porque la juventud no se desarrolla por igual ni huele a lo mismo ni comparte códigos ni el abandono y la indiferencia de la misma manera. Porque no hay vergüenza en el confort que seguramente experimentaron mis padres tras descubrir que era ridículo esperar gran cosa de mí. Así logré alejarme del encargo familiar que siempre pesa, ser foráneo en la obediencia y un extranjero en el territorio amurallado que llaman hogar: huérfano de anhelos. Soñar se convirtió en una tarea inútil, sobrevivir equivalió a ser un mediocre: un ser vergonzoso sin más ambición por el futuro que conseguir otra lata de activo o de chemo. Porque hay contextos para, como se dice, soñar y creer y edificar metas y plantear objetivos; pero hay otros en los que sobrevivir equivale a le renuncia de todo eso y uno termina en un lugar chiquito y confortable: cualquier esquina poblada por nadie.

Ilustración de Melisa Solís

 
 

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11 Comentarios en Destitulado o los nadie

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