Opinión palabras

Publicado en Martes 27 agosto, 2013 | por Ale Vergara

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La cruzada de los eufemismos

Primero, tres pequeñas anécdotas:

Uno. Recuerdo un dictado en la primaria, durante la clase de Historia, en el que apareció la palabra “latifundio”. ¿Saben qué es un latifundio?, preguntó la maestra. Nadie sabía. Ah, pues un latifundio es una extensión grande de tierra, nos dijo. “Fulano es un latifundio de grasa”, dijo, por ahí, un vivales seguido de la sonora y múltiple carcajada. El pobre Fulano fue “El latifundio” por las siguientes dos o tres semanas. Los niños son bichos crueles.

Dos. Tengo este amigo con el que ejercito el arte de la payasada. La dinámica es más o menos así: alguno suelta un chiste, una ocurrencia ingeniosa y el otro la aumenta. Así, como en un ping pong verbal, la payasada va de un lado al otro aumentando su tamaño. El duelo termina cuando uno le suelta al otro un simple, redondo y contundente “pendejo”. Aquel que es pendejeado sabe que ha ganado e, invariablemente, agradece ese “pendejo” porque sabe que, en realidad, esa palabra significa un “chapeau”, un “ya no puedo mejorar ese chiste”.

Tres. Alguna vez, en una charla que se fue tornando discusión con una amistad de la preparatoria, mi interlocutora, desesperada, enojada, fuera de sí, me espetó un “comunista”. Yo, que la conocía desde hacía años, que sabía o bien podía darme una idea de su cosmovisión, de su construcción del mundo a través del lenguaje, sabía que esa era una de las palabras más sucias que, desde su yo, me podía arrojar. Me sentí herida.

¿A dónde quiero llegar con esto? A una cosa bastante simple: las palabras significan diferentes cosas según su contexto. No hay palabras que sean “malas” o “sucias” o “políticamente incorrectas” en su esencia. Son lo que son: palabras, cascarones de sonidos en los que introducimos diferentes significados. La palabra es sólo un elemento de un acto de lenguaje. Es por esto que en un salón de clases de treinta niños la palabra “latifundio” puede ser un insulto y en una conversación entre dos personas que comparten cierto código un “pendejo” es un halago.

Desde hace ya algunos años hay una cruzada de corrección política en el lenguaje que me parece, cuando menos, una necia ociosidad. En esta cruzada (en la que aparentemente nadie sabe cómo funciona el lenguaje) se echa mano de cuanto eufemismo se pueda inventar; es así como a los viejos se les llama “adultos mayores”, a los discapacitados “gente con capacidades diferentes” y otros muchos ejemplos que seguramente usted, querido lector, conoce y que no me detendré a mencionar.

Los eufemismos sirven para atenuar aquellos términos que, nos parece, sonarán muy “fuertes” o “duros” en los oídos de nuestro interlocutor. Son utilizados, por ejemplo, por algunas madres que hablan de genitales con sus hijos o por candidatos de derecha que no quieren aludir directamente al acto sexual en un mitin. Los eufemismos suavizan, ocultan, vuelven pueril lo mencionado. Sirven para hablar de eso que, creemos, no sería correcto nombrar. Cuando utilizamos un término preciso es como si, de pronto, echáramos un rayo de luz sobre el significado al que queremos llegar; cuando utilizamos un eufemismo alumbramos justo a un lado de este significado para sólo poder atisbarlo a media luz. ¿Por qué le tenemos miedo a la claridad en el lenguaje?

Se me ocurren algunas respuestas. En primer lugar, pienso, es porque somos conscientes del poder del lenguaje, porque eso que dijo Wittgenstein es verdad: “En las fronteras de mi lengua están los límites de mi mundo”. Tenemos un pensamiento lingüístico, el lenguaje es el modo por medio del cual comprendemos, aprehendemos y nos enfrentamos al mundo. Sin embargo, resulta ingenuo pensar que tendremos algún control sobre este lenguaje. El lenguaje, en sí, es un organismo vivo e independiente del individuo; es el resultado de muchos años de mutaciones, de accidentes, de acuerdos implícitos (y habría que hacer énfasis en esto, en lo implícito) y, muchas veces, arbitrarios.

El lenguaje es configurado por la sociedad. No al revés. Resulta inútil pretender que el mecanismo ocurra en sentido contrario: cambiando el lenguaje no se podrá cambiar a la sociedad. Prueba de esto es la velocidad con la que estos eufemismos (algunos de ellos hilarantes por su intención de rodear lo evidente, de decir sin decir) envejecen, se vuelven peyorativos y necesitan ser reemplazados por nuevos eufemismos (hay que pensar, por ejemplo, en todas las palabras que se nos pueden ocurrir para nombrar a una persona en una silla de ruedas). Mientras la sociedad no cambie su percepción será imposible notar cambios reales y duraderos en el lenguaje.

También, hay que decirlo, este miedo al lenguaje se debe a que sabemos que este se puede utilizar para herir. Se puede hacer daño usando palabras: bien lo sabemos. Pero, nuevamente, no son las palabras solas las que generan daño, sino el significado que les atribuimos en ciertos contextos. Volviendo a una de las anécdotas con las que abrí este texto: si alguien más me hubiera llamado “comunista”, seguramente mi reacción habría sido una risa franca, pero en aquel contexto, en los labios de mi interlocutora, esa palabra era un insulto, uno de los feos.

“Me enseñaste tu lengua y con ella te maldigo” le dice, retador, el salvaje Calibán a Próspero en La tempestad de Shakespeare. Este fenómeno, el de la apropiación de la lengua del otro, es un claro ejemplo de cómo el significado de las palabras puede cambiar según el contexto. Es común que grupos históricamente segregados adopten y se apropien de esas palabras que utiliza el otro para insultarlos y las vuelvan propias en una especie de vuelta de tuerca, de carcajada final, de estocada última: esta palabra ya no nos daña porque ahora es nuestra. Así funciona el lenguaje.

Toda esta cruzada de corrección política en el habla, este hervidero de eufemismos cada vez más y más alejados de lo que realmente queremos significar me parece, incluso, contraproducente. Desconfío de quien persigue con rabia los términos que considera discriminatorios[*]: ¿Por qué consideramos que es mejor llamar “adulto mayor” a un anciano?, ¿no estamos diciendo, de manera implícita, que consideramos que la vejez es una cosa indeseable de la que no se puede hablar por su nombre? ¿Qué no aquello de lo que no se puede hablar se vuelve, de inmediato, un tabú, algo prohibido y segregado? ¿No será que todos estos eufemismos y modificaciones forzadas del lenguaje hacen más evidente lo que quieren ocultar?  ¿Qué quieren ocultar?, ¿por qué habría que ocultarlo? ¿Está mal llamar cojo al que cojea?, ¿no es más ofensivo entrar en circunloquios verbales para tratar de suavizar su condición, de esconderla?

El lenguaje, lo repito, tiene un propio proceso natural por medio del cual va cambiando. No podemos imponerlo ni legislarlo ni controlarlo y esperar tener resultados. Ni siquiera los organismos que supuestamente “regulan” el lenguaje pueden hacerlo: nadie habla un español como el que propone la RAE. Nadie. El lenguaje está vivo, es un reflejo de la sociedad y el único modo de cambiarlo realmente —para estas alturas ya deberíamos saberlo bien— es cambiando, justamente, a la sociedad. Intentar que sean los cambios sugeridos —a veces casi impuestos— al lenguaje los que modifiquen a la sociedad resulta un ejercicio miope (con perdón de los miopes, no vaya a ser), ocioso y que, además, nos traerá grandes enojos. De nuevo: el lenguaje significa según el contexto, lo que habría que tratar de cambiar con ese mismo ímpetu, entonces, no es el lenguaje sino el contexto. Con un cambio de contexto el cambio de significados en el lenguaje vendrá solo.



[*] Si nos ponemos estrictos, si nos apegamos al lenguaje rígido y legislado de los diccionarios, las únicas palabras discriminatorias serían, en todo caso, los pronombres: “este y ninguno otro que no sea este”.

 
 

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Acerca del Autor

Soy licenciada en Literatura y maestra en Teoría y Crítica literaria, también soy insomne. Nunca estoy hablando en serio; ni siquiera cuando hablo en serio. Me gusta mucho hacerle a la edición, pero me gusta más andarle haciendo al cuento.



13 Comentarios en La cruzada de los eufemismos

  1. Hoy escuché que una estación de radio del D.F. ya no utiliza la palabra “infancia” en sus programas porque “infancia” hace referencia a que los seres humanos de esa edad no tienen voz. Y eso es ofensivo, muy ofensivo, tan ofensivo como la verdad.

  2. A. S. says:

    En la penúltima línea del sexto párrafo se dice “abría” en lugar de “habría”. Por lo demás -y exceptuando la referencia al pesado de Wittgenstein- muy divertido.

  3. Mar Grecia says:

    Me ha encantado. Hermoso. Gracias =3

  4. Pau says:

    ¡Hey, yo soy miope! Jaja, me recordó a una extraña preferencia que tengo a ser llamada lencha o boyera a oír el tan temido (y por alguna razón insultante) “lesbiana”. Quizá ha sido usado despectivamente demasiadas veces como para sacarlo de la cabeza. Buen artículo :D

  5. Marcela vergara says:

    Me encanto muchas felicidades

  6. mil felicidades me encanto besos tu aguelita,

  7. Pingback: Renombrando lo nombrado | En Mi Propia Opinión

  8. Pingback: Blurred Lines, de Robin Thicke: ¿himno de los violadores? - Revista Esnob

  9. Me pareció interesante este texto, el tema del lenguaje y sus efectos me gusta mucho. Tengo un par de comentarios.

    Entiendo, por supuesto, que el lenguaje está vivo y que las palabras cambian según el contexto. No soy para nada una policía del lenguaje, pues. Sin embargo, estoy en desacuerdo con esta afirmación:

    —– El lenguaje es configurado por la sociedad. No al revés. Resulta inútil pretender que el mecanismo ocurra en sentido contrario: cambiando el lenguaje no se podrá cambiar a la sociedad. —–

    Creo que ocurren ambas cosas: la sociedad configura el lenguaje y el lenguaje configura la sociedad. En ese sentido, cambiar el lenguaje sí tiene un efecto sobre la manera de pensar y entender el mundo.

    Claro que este tema da para un debate rico y largo, se pueden analizar muchísimos casos en los que la línea entre la libertad de expresión, por llamarla la de algún modo, entra en conflicto. En fin. Habrá, tal vez, tiempo de platicar en el futuro.

  10. Pilar Gómez says:

    Ale, está buenísimo tu artículo ¡felicidades!

  11. Javier Trejo says:

    Saludos, Ale. Me leí tu artículo. La definición del cascarón, me gustó mucho. Me encantaría que visitaras mi blog. En verdad me encantaría.

  12. Pingback: Positions

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