Opinión Complejo_Tita_Merello_(fachada)

Publicado en Domingo 30 junio, 2013 | por Ale Vergara

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El cine que fue mi casa

Nunca me gustó ir al cine. Soy el tipo de espectadora que se enfurece con cualquier cosa: el chamaco que grita, el hombre que se ríe como guajolote, los adolescentes que la pasan entre risas y besuqueos, las filas en la taquilla, la necesidad (aprendida, pero necesidad a fin de cuentas) de asomarse a la dulcería a ver si no se nos antoja algo. No sé, me parece demasiada interacción social para un acto más bien íntimo.

Ir al cine siempre me ha parecido un acto, mal logrado, de soledad. Es una especie de acto para confirmarnos como seres solitarios viviendo en sociedad. Ahí estamos, en salas llenas, hombro con hombro, absortos en realidades ficcionales y sin tocarnos. Ir al cine es un acto íntimo al que muchas personas prefieren ir acompañadas: a mucha gente no le gusta ir sola al cine. En la compañía encontramos una mano, un bote de palomitas cercano, un oído presto a nuestras ocurrencias que nos permiten mantenernos en la realidad. Nuestro acompañante se vuelve entonces un lazo con lo tangible, con la vida que transcurrimos en elevadores viejos, salones oscuros, cubículos, habitaciones.  Es justamente lo mal logrado del acto lo que hace que me dé pereza ir al cine.

Sin embargo, por seis meses, allá en el otro hemisferio, ir al cine me salvó la vida. O, más bien: ir al cine me salvó de mi vida. Buenos Aires fue una ciudad que siempre me echó en cara ser extranjera: este no es tu lugar, muchacha, ¿qué haces aquí? Me sentía lejos de todo, de todos, era aquello una soledad de la mala que no sabía muy bien con qué paliar.

Mi casa (qué optimismo llamar casa a ese lugar, diminuto, encerrado sobre sí mismo, asfixiante) se encontraba a poquísimos metros de un cine viejo. El cine era un edificio art decó que se caía a pedazos. En la taquilla, un hombre de setecientos años entregaba, refunfuñando, los boletos impresos en papel de estraza. Adentro, unas cuantas butacas sucias, desvencijadas y chirriantes albergaban a los pocos asistentes a la función: nunca vi una sala llena.

Un día, abrumada por aquella soledad punzante que se me pegaba a las costillas; por esa sensación de sobrar en cualquier sitio, de ser extrajera de tiempo completo, entré a refugiarme al cine. Se volvió una costumbre. Pasé muchísimas tardes ahí, en la oscuridad de la sala, viendo a veces por tercera o cuarta vez la misma película. Aunque, más que a ver películas, iba a aquel cine a sentarme y pensar, a ponerle una pausa a todo lo que ocurría afuera. Iba a ese cine a pertenecer. El hombre de la taquilla refunfuñaba menos, la decadencia del edificio me parecía acogedora y esos pocos despistados que compartían sala conmigo se volvían, de pronto, una sutil y tranquilizadora compañía.

De las películas recuerdo poco: alguna comedia británica, un documental sobre la Franja de Gaza, un hombre arrojando monedas en la pantalla. Entraba a la función que fuera: la película no era importante para el ritual. Ahí adentro, guarecida en las tripas de ese cine viejo, olvidado, que cada dos semanas amenazaba con cerrar definitivamente,  no me sentía extranjera. Ahí, hombro con hombro con desconocidos, pensaba en aquello de la soledad simulada que genera ir al cine. Eso, lo que nunca me había gustado del cine, fue lo que volvió aquel edificio mi lugar favorito.

Hace tres años el cine cerró de manera definitiva. Me parece (creo haberlo leído en un periódico) que derrumbaron el edificio. No pude evitar ponerme triste: después de todo, ese cine viejo, sucio y poco concurrido fue, durante seis meses, lo más parecido a estar en el lugar correcto, en donde, a pesar de ser extranjera, pertenecía.

Imagen: Wikimedia Commons

 
 

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Acerca del Autor

Soy licenciada en Literatura y maestra en Teoría y Crítica literaria, también soy insomne. Nunca estoy hablando en serio; ni siquiera cuando hablo en serio. Me gusta mucho hacerle a la edición, pero me gusta más andarle haciendo al cuento.



2 Comentarios en El cine que fue mi casa

  1. Adriana. says:

    Estoy sutilmente enamorada de tus entradas en esta revista.

  2. Was für ein toller Tip und so schöne Bilder! Das wandert auf jeden Fall in mein Feedly……

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